Proyectos que no llegaron a materializarse, ficciones que se quedaron en el aire, pero en cuya creación puse tanto de mí como en las que se hicieron realidad. Aunque nunca se lleguen a ver, esas historias existen, están escritas palabra a palabra, negro sobre blanco. Aquí destaco algunas de las que más pena me dio no producir.
2002-2020
La idea de esta serie se me ocurrió a partir del plano secuencia que cerraba el episodio 71 de Policías en el corazón de la calle: una vieja casa aparentemente aislada en un bosque mediterráneo, pero cercada por altos edificios, un islote en Madrid, como un pedacito de la vida encantadora del Corfú de Mi familia y otros animales —la deliciosa novela de Gerald Durrell—, rodeado por el océano frenético de la gran ciudad.

Una mujer decide separarse renunciando al elevado nivel de vida al que está acostumbrada y regresar a España con sus hijos, a la casa sin comodidades de su padre, en un solar con árboles y jaras en medio de la urbe. Me inspiré en una familia real que conocí en Soria —la madre, profesora de instituto; el padre, bedel tras renunciar a una exitosa y estresante carrera de publicista en Barcelona—. También ellos vivían en una vieja casita encajonada entre modernos edificios, con las puertas abiertas las 24 horas del día, haciendo caso omiso de las inmobiliarias que los presionaban para hacerse con el terreno y construir otra colmena como las contiguas.
El tema de fondo de la serie era el downshifting, la elección de un modo de vida más sencillo. Nos anticipamos, entonces era un movimiento poco conocido en España. Hoy cada vez más personas se plantean un cambio, una simplificación de sus hábitos. Es gente que antepone el tiempo propio al trabajo, la lentitud a la compulsión, la felicidad de compartir los pequeños placeres a la competitividad, el dinero y la ambición.
La casa de las fotos era en la que íbamos a grabar, ya habíamos iniciado la pre-producción. Llegamos a escribir seis guiones. Si tienes curiosidad, puedes echar un vistazo a la biblia de Un mundo aparte.
Estoy seguro de que habría sido una buena serie, un drama diferente, nada convencional, aunque a la vez cercana a la gente, muy de verdad. Me vacié, todo pasión, en una última reunión decisiva ante la plana mayor de Antena 3. Salí confiado de la presentación, parecía que los había convencido, pero al cabo de unos días la rechazaron por ser “un producto demasiado elitista, complejo e incapaz de llegar a un amplio espectro de audiencia”. Preferían algo más testado, una comedia costumbrista, cero riesgos.
Ya que Antena 3 nos demandaba una comedia, nada de dramas elitistas, creamos una muy especial, una mezcla de géneros: polis de barrio, agobiados por llegar a fin de mes, las obligaciones familiares, las discusiones con la suegra… y a la vez enfrentados en secreto a una invasión alienígena, monstruos que, para sobrevivir, pasan la mayor parte del tiempo “escondidos” dentro de cuerpos humanos cuya personalidad usurpan borrando su memoria.
Fue muy divertido crear la biblia de Patrulla Ñ. Llegamos a escribir seis guiones; incluso realizamos unas pruebas preliminares del aspecto de los alienígenas y el tipo de efectos especiales que emplearíamos en la serie.
Patrulla Ñ era una comedia original, atrevida, muy ácida al observar con humor e ironía la realidad social española a través de la mirada de los alienígenas. Estábamos seguros de su éxito, pero sufrimos otro rechazo. A la cadena le pareció muy arriesgada la mezcla de géneros. De hecho, tiempo después sí aprobó una serie presentada por otro equipo de Globomedia, Los hombres de Paco (2005), que los directivos de Antena 3 definían como “una comedia de polis sin marcianos”.
En aquel tiempo feliz de colaboración con Cuatro, además de Cuenta Atrás y Punta Escarlata, nos encargaron en firme una nueva producción y creamos nuestra cuarta serie de género: Cuerpo a Cuerpo, con el subtítulo Historias de policías. La gran diferencia con las otras era la “normalidad”, la cercanía, la autenticidad. Ya habíamos superado la fiebre de ir más allá, la espectacularidad de la acción y lo trepidante o los misterios del quién ha sido, y me pareció que lo diferente sería el ir más acá, contar las historias policiales sin tramposos puntos de giro, con una mirada próxima y emocional. Personajes muy reales, historias que importan desde la verdad, sin truculencias.
Aquí puedes descargarte la biblia de la serie y el guion del episodio 1. Elena Sánchez y su equipo estaban entusiasmados con el proyecto. Escribimos trece guiones, los últimos sin ganas ni ilusión, por cumplir el contrato. Ya sabíamos que Cuatro había sido absorbida por Telecinco y que los nuevos propietarios nunca darían luz verde a una serie como Cuerpo a Cuerpo.
Durante la calamitosa crisis económica, desarrollamos varios proyectos condenados casi de antemano a la papelera. Por mucho que abaratáramos los costes, no había manera de que las cadenas pudieran cubrir los presupuestos.
Cruzar la línea parte de una idea que me rondaba de antiguo, desde que en el verano de 1989 realicé con Jorge Martínez Reverte la serie documental Crònica Amarga, donde conocí de cerca a gente normal
—un ama de casa, un agricultor, una muchacha enamorada…— que un mal día cruzaron la línea y se convirtieron en criminales.
En Cruzar la línea, los policías se enfrentan a los dramas personales de gente corriente abocada a perpetrar un crimen por desesperación, ira, venganza, ambición, deseo, adicción… Escribí los dos primeros episodios: A corazón abierto y El peor día.
No cejábamos en nuestro empeño de crear una serie no tanto policial como de policías y gente corriente, una serie sin fórmulas sofisticadas, alejada de los estereotipos. En la isla de Ibiza encontramos un marco con dos mundos contrapuestos: lo cosmopolita, la música, la noche, la droga, el sexo… y también el trasiego de lo cotidiano, la vida sencilla, la naturaleza y el mar. Dos universos que se entrecruzan en la isla, como el bien y el mal, sin fronteras definidas, una mezcla moral ambigua, historias de no tan buenos ni tan malos.

Explicamos el concepto de la serie en una presentación visual, desarrollamos una extensa biblia y escribimos cinco guiones (episodio 1: El secreto de la isla; episodio 2: Vuelta a casa). En esta ocasión, convencimos a Antena 3, que poco a poco empezaba a abrir el grifo tras las severísimas restricciones de la crisis. Iniciamos ilusionados las tareas de pre-producción intentando recortar por aquí y por allá para que cuadraran las cuentas. Pero cada vez que nos reuníamos con la cadena para intentar cerrar el contrato, nos rebajaban el presupuesto. Al cabo, no tuvimos más remedio que renunciar.
La primera vez que supe de Capa era muy jovencito, durante un viaje a París con el instituto. Siempre he admirado su manera de fotografiar acercándose con su Leica a la realidad hasta lo temerario, y me fascina que su fama se originara paradójicamente con una foto trucada: la célebre Muerte de un miliciano.
A la fotógrafa Gerda Taro la descubrí mucho después; solo en los últimos años se le ha dedicado el reconocimiento que merecía. En nuestro proyecto, ficcionamos la historia real de ambos, dos refugiados en el París de los años 30 del siglo XX, y cómo se convierten en comprometidos fotógrafos en la guerra civil española mientras viven una apasionada y trágica historia de amor.
Elaboramos una memoria del proyecto y una pormenorizada escaleta de secuencias, acompañada de una preciosa guía gráfica. Mi idea era recrear la guerra en España con la misma mirada con la que ellos fotografiaban: muy de cerca, de una manera inmersiva, como en las instantáneas de Capa en el desembarco de Normandía. Se trataba de una miniserie muy ambiciosa, que solo podría salir adelante con una co-producción internacional. Hablamos con varios productores interesados, franceses y alemanes, pero no cuajó; aún faltaban unos años para que las grandes plataformas de streaming se convirtieran en los motores de la ficción.
Tras mi salida de Globomedia, recibí varias ofertas, pero ninguna me permitía llevar a cabo el tipo de serie que, por pura evolución personal, pretendía: una ficción comprometida de una manera más radical con la realidad social. Así que me puse a trabajar por mi cuenta y riesgo en una historia a contracorriente de las tendencias del mercado.
En Youtube abrí un canal llamado StreetMusic con más de 300 vídeos que he grabado a músicos callejeros de medio mundo, a los que siempre pido permiso y a menudo me cuentan sus historias. Así conocí a unos músicos de Vallecas que me introdujeron en la realidad del barrio.
De su mano conocí, por ejemplo, las asambleas de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca: impresiona ver de cerca a las familias que de un día para otro pierden su hogar. De ahí nació la idea de una serie que contaba lo que ninguna otra: la vida de la gente que aún sufría las consecuencias de la crisis económica que nos asoló. Historias de un barrio multicultural y música en vivo, en la calle, los bares, en el centro social okupado…
Después de más de veinte años desde el estreno de Compañeros, quise volver de nuevo al universo de la educación, con el mismo compromiso de entonces, pero de una manera si cabe más realista, más de verdad, como si me debiera a mí mismo una actualización acorde con mi propia evolución como creador.
Y para llevar a cabo este propósito, antes de pensar en los personajes y sus historias, lo primero era ir a la escuela y aprender. Supe de cómo trabajaban en el colegio público Manuel Núñez de Arenas, en el Pozo del Tío Raimundo (Vallecas), de su innovador proyecto educativo en una comunidad escolar con un 40% de familias gitanas. Me reuní con la directora y con la asociación de madres y, para conseguir su colaboración, escribí una carta a las familias que puede considerarse el embrión de la idea de la serie.
Durante un par de meses, acudí casi a diario al colegio. Las niñas y niños se acostumbraron enseguida a mi presencia. Observé y participé en sus actividades cotidianas, sus proyectos en equipo, las asambleas, los talleres de música de las tardes abiertos a los vecinos del barrio, las jam sessions de los jueves… Mantuve largas conversaciones con las maestras, con las madres, con la mediadora gitana…
Lo último que grabé con mi camarita de vídeo fue una clase de música que acabó como acostumbraba, con la maestra al piano y los niños cantando: “Adiós, me voy, que lo paséis muy bien”. Ya no volví a verlos. El confinamiento por el Covid lo canceló todo. Es una de mis historias pendientes.
Durante un par de meses, acudí casi a diario al colegio. Las niñas y niños se acostumbraron enseguida a mi presencia. Observé y participé en sus actividades cotidianas, sus proyectos en equipo, las asambleas, los talleres de música de las tardes abiertos a los vecinos del barrio, las jam sessions de los jueves… Mantuve largas conversaciones con las maestras, con las madres, con la mediadora gitana…
Lo último que grabé con mi camarita de vídeo fue una clase de música que acabó como acostumbraba, con la maestra al piano y los niños cantando: “Adiós, me voy, que lo paséis muy bien”. Ya no volví a verlos. El confinamiento por el Covid lo canceló todo. Es una de mis historias pendientes.