
En este thriller de grandes amores y odios, soy el policía obsesionado, también una de las víctimas, y además uno de los culpables

Manuel Valdivia
La muchacha de mirada azul eléctrica es mi madre, Conchi Santiago, que soñaba en la villa andaluza de Martos con ser artista como la estrella de Hollywood Esther Williams o Sarita Montiel, pero su vida se quebró por un trastorno mental cuyo origen se sitúa en las tapias de un pequeño cementerio rodeado de olivares, la noche del 12 de enero de 1937, cuando fusilaron a su padre con un disparo que le voló la cara; y ella misma, con apenas nueve años, fue obligada a presenciar la venganza: la ejecución pública de los responsables.
La niña Conchi fue víctima de la guerra y después del sistema psiquiátrico de la dictadura. Enferma de una grave neurosis, fue paciente de beneficencia de Juan José López Ibor, el psiquiatra estrella del franquismo: conejillo de Indias con sus alumnos, el atontamiento estéril de los antipsicóticos, los tormentos del electroshock, los sueros experimentales, el manicomio, la lobotomía.
Aquel disparo de espanto desencadenó la locura de mamá y sus réplicas sacudieron a la familia a lo largo de décadas: el miedo, la enajenación, la vergüenza, los sueños truncados, la inmigración forzada, el desarraigo, los hijos deseados o no, las penurias económicas, los celos, la codicia, el resentimiento.
Escribo sobre la gran historia de amor de mis padres, enamorados desde niños, pero abocados a su pesar a la infelicidad.
Escribo sobre los secretos que hoy he averiguado remontándome al epicentro del horror en la Guerra Civil, la noche invernal que fusilaron a mi abuelo Antonio.
Escribo sobre los desastres de la salud mental: la enajenación de mi madre y la que al cabo sufrió mi padre tras una vida de frustración cronificada.
Escribo sobre lo que viví y había olvidado en defensa propia. Los hijos Intentamos sobreponernos a la anomalía de la locura en la que crecimos con ingenuidad conmovedora, ganas de reír y vivir y querernos, pero andábamos escacharrados de antiguo.
Las viejas heridas no se han cerrado aún. En este thriller de amores y odios, soy el policía obsesionado, también una de las víctimas, y además uno de los culpables.
Para armar esta novela me he reencontrado por separado con mi madre y mis cuatro hermanos tras años sin apenas saber unos de otros. Nos hemos dicho lo que nunca nos dijimos.
Junto a ellos, he podido reconstruir las encrucijadas a las que nos vimos abocados, decisiones que nos conformaron sin manera de saber qué nos habría deparado esa otra vida que no fue.
Entre mi madre y yo se abrió una insólita corriente de intimidad: se sinceró sobre la enfermedad, sobre sus relaciones sexuales, sobre lo vulnerable y desgraciada que ha sido. En apariencia, nos reconciliamos.
Como aprendí en los libros de Svetlana Alexievich, mi principal herramienta ha sido la escucha atenta, aunque asumiendo que en estos cara a cara hay más de dos interlocutores, quienes hoy somos y quienes fuimos en el pasado, y que mi madre de noventa años es otra muy distinta de la niña Conchi o de la virgen en la noche de bodas, así que sus evocaciones de antaño están inevitablemente enturbiadas por todo lo que ha vivido y cambiado.
No hay una sola realidad, cada cual cuenta las cosas como las recuerda, con mucho o poco o ningún parecido a como las vivieron los demás. Hay quien omite los peores momentos o los tergiversa a conciencia o se miente a sí mismo para no admitir su cuota de ruindad. Nadie es inocente. Mi propósito es como el de un investigador obsesionado con un caso caduco de improbable resolución: persigo la verdad, poliforme y escurridiza. En este thriller emocional soy el policía, una víctima más y uno de los victimarios.
Escribo para recordar. Supongo que, al recuperar la memoria con unos y otros, podré al fin pasar página: escribo para olvidar.
La historia de mi familia entreverada con la crónica social a lo largo de décadas.
Miguel Rellán ha prestado su voz para dar vida a fragmentos habitados por la memoria sentimental de varias generaciones.
El mismo día de la boda, con poco más de veinte años, mis padres se vieron forzados a emigrar y abandonar su pueblo para siempre. Hasta ahora, yo nunca había visitado Martos. De la fábrica de orujo en las afueras donde él vivía y trabajaba, solo quedan ruinas; pronto construirán una promoción de viviendas. La mayor parte de la casa funeraria en la calle del Albollón donde vivía ella ha sido derribada. Los cines Olimpia y San Miguel donde exploraron las primeras caricias han sido clausurados. Queda intacto el santuario donde se casaron, bajo cuyo altar se halla la cripta en la que reposan los restos de mi abuelo Antonio.
Lo despertaron a las bravas y por unos instantes creyó que se encontraba sobre el colchón de lana de su casa, acurrucado junto a Amparo con modorra de perro satisfecho, y no en el camastro empiojado del calabozo. Antonio echó de menos las caricias del sueño truncado. Lo abrumó el presentimiento de que apenas le quedaba una hora de vida…

Entrevistas, reportajes y apariciones en prensa sobre Querer o no querer y su proceso de creación.
En este thriller de grandes amores y odios, soy el policía obsesionado, también una de las víctimas, y además uno de los culpables.
Disponible en tapa blanda y en formato ebook