El empeño de contar con rigor y verdad las historias de ficción me viene de mi faceta de documentalista y autor de vídeos educativos. Formación, naturaleza, true crime… La curiosidad como motor de mis trabajos.
1982 - 1991
Me pagaban bien los guiones del programa de Televisión Española De película, pero lo disfruté tanto que casi los podía haber escrito gratis. Yo me encargaba de los especiales monográficos en torno a grandes intérpretes y directores: Greta Garbo, Rita Hayworth, Audrey Hepburn, Jean Renoir, Alfred Hitchcock, François Truffaut, John Huston…
Entre las decenas de guiones, también traté con intención divulgativa géneros como el cine negro, la ciencia ficción o el musical, y asuntos que me tocaban de cerca, como la relación entre el cine y la vida.
Agustín Matilla, uno de mis amigos para siempre desde que estudiamos juntos en el Instituto Oficial de Radio Televisión, es uno de los mayores expertos mundiales de la comunicación en la educación. Durante unos años, él fue el impulsor de los medios audiovisuales en la UNED y, gracias a su apoyo, trabajé para esta universidad como guionista y director de numerosos vídeos educativos; entre otros, los que formaban parte de una ambiciosa campaña del Ministerio de Sanidad sobre la donación de órganos.
La campaña iba dirigida a escolares de toda España. Además de los vídeos Donación de órganos y Los trasplantes, diseñamos un material didáctico complementario para trabajar en las aulas. El plan se completó con dos cortometrajes que se exhibieron en las salas de estreno de todo el país.
Fue un trabajo apasionante, me documenté con los mejores expertos y cirujanos, y sin duda contribuyó a la concienciación. ¿Quién me iba a decir que, tiempo después, yo mismo agradecería la generosidad de una persona anónima que donó sus córneas para trasplantarlas en mis ojos?
Producciones para la UNED, la Comunidad de Madrid, el Ministerio del Interior… Años en los que aprendí de todo porque no sé hacer las cosas de otra manera; para transmitir con rigor y claridad cualquier contenido, por abstruso que sea, tienes que saber al dedillo de qué hablas: educación infantil, técnicas de salvamento en alta montaña, dinero y formas de pago, protección civil, urbanismo, distribución comercial, arte y cultura…
Formar a formadores, enseñar el lenguaje de las imágenes: mi proyecto más querido de aquella etapa en la que me dediqué de lleno al mundo de la educación.
Promovido por Agustín Matilla, la UNED puso en marcha un curso de medios audiovisuales dirigido a profesores de diferentes niveles para que ellos a su vez lo trabajaran en sus aulas. Se trataba de darles herramientas tanto para educar la mirada crítica sobre los medios de comunicación como para que se expresaran por sí mismos con la fotografía, la prensa, la radio, el comic, el cine y el vídeo.
Además de escribir con Agustín Matilla y Roberto Aparici los libros y la guía didáctica, me encargué de tres de los vídeos: La imagen, La imagen en movimiento y El comic. En su primera convocatoria, con más de mil matriculados, pude asistir a encuentros presenciales por medio país. Era muy gratificante comprobar in situ el alcance y la eficacia del curso. Durante años y años, esos vídeos en los que puse tanto de mí se han seguido usando para la formación de alumnos en colegios, institutos e incluso en facultades de comunicación audiovisual.
Esta serie documental me abofeteó, un huracán de la realidad más sórdida, una confrontación cara a cara con gente que cruzó la línea, delincuentes peligrosos, pero también personas corrientes que un mal día se convirtieron en criminales.
La serie estaba dirigida por el escritor y periodista Jorge Martínez Reverte. Mi gran amigo Gregorio Guzmán y yo nos encargamos de la realización de los trece episodios, grabados en Valencia por encargo del canal autonómico. Cada capítulo estaba dedicado a un caso, un true crime con entrevistas a asesinos, policías, abogados, jueces, familiares de las víctimas…
Casi siempre grabábamos en el lugar de los hechos, como el desolador barrio de la droga donde perdió la vida a machetazos un joven yonqui que quería dejar de serlo. Incluso derribamos la pared que tapiaba los urinarios de un parque para grabar el escenario intacto de un crimen brutal: basura, jeringuillas y las salpicaduras en el suelo y las paredes de la sangre de una niña de catorce años, violada y acuchillada decenas de veces una noche de luna llena.
Me impresionó hablar con la señora que envenenó a su marido tacita a tacita de café con dosis de Formigal, el arsénico contra las hormigas que compró en el Carrefour. O el hombre, manitas de la electrónica, que, de puro servicial, se ofreció a recrear ante la cámara cómo mató a su esposa a martillazos.
Experiencias reales que me marcaron y años más tarde me sirvieron para crear las series de ficción policiales.
Mi trabajo más placentero. Durante largas temporadas en diferentes épocas del año, recorrimos Asturias para grabar los cinco capítulos de esta serie de naturaleza, fauna y vida tradicional: los Picos de Europa, las rías, los bosques de Somiedo, Covadonga… Con mucha calma para grabar con la mejor luz los grandiosos paisajes o para aguardar al amanecer, escondidos en silencio, la aparición de los buitres, el oso, los lobos.
Fue un puro goce, un tiempo feliz de camaradería y amistad en el equipo, y también una aventura. Yo, que soy muy prudente, por no decir cobardón, que no me subo ni loco a una atracción de feria, las pasé canutas cuando el viento empezó a soplar de cola en el helicóptero que sobrevolaba las montañas; o cuando caminábamos por un sendero ridículamente estrecho, cargados del material de grabación, al borde de un abismo de vértigo; o cuando tuve que descender decenas de metros en rapel al fondo de una cueva, a ciegas en una densa oscuridad. Jamás lo haría por gusto, pero sí por obtener un buen plano.