Mis primeras ficciones

Comencé a escribir de manera profesional cuando aún era un estudiante y ya no paré.
Mis primeros trabajos en radio, cine y televisión.

1979 - 1981

La corbata

Por pura casualidad, aquella mañana al salir de clase vi en el vestíbulo del horroroso edificio de la facultad de Ciencias de la Información un cartelito que convocaba al Primer Concurso de Guiones de Radio Nacional de España. Justo acababa de leer ante mis compañeros un cuento que había escrito para la clase de Literatura. Era una historia acerca de una familia en apuros económicos, en el tono de las películas neorrealistas que tanto me influyeron, y con un final sorprendente de humor negro. Me di prisa en adaptarlo a guion radiofónico, el plazo estaba a punto de cerrarse. Gané el primer premio, unas 40.000 pesetas que, pese a la bronca de mi padre, no metí en una cartilla del banco, sino que gasté íntegramente en un estruendoso equipo de alta fidelidad.

En alguna mudanza debí perder la cinta de casete que grabé la noche que se emitió, el 22 de enero de 1979. Lo único que conservo es el guion escrito a mano en unas cuartillas y una fotocopia del original que mecanografié.

Me invitaron a la grabación en un enorme estudio en Prado del Rey. Se sorprendieron al ver lo joven que era. Fue mi primera experiencia profesional… y mi primera gran decepción. El director, que no paraba de trasegar whisky con hielo, no ensayó ni dio indicaciones a los actores. Los diálogos tan naturalistas que había escrito sonaban engolados, falsos. Al llegar al clímax con la gran sorpresa, el director se volvió hacia mí y exclamó: ¡Coño, qué bueno! Ni siquiera se lo había leído con antelación.

El verdadero premio vino a continuación. En Radio Nacional me encargaron adaptaciones de clásicos teatrales y más obras originales: La rana y el escorpión, Oscura venganza, Pompas fúnebres… Aunque seguía estudiando, enlacé un trabajo con otro y otro y otro y ya no paré. Hasta ahora.

Pensión Manolita

Por las mañanas estudiaba Imagen en la facultad —ni una sola práctica en cinco años—, y por las tardes aprendía de verdad en el Instituto Oficial de Radio y Televisión, que heredó las instalaciones de la Escuela de Cine. Fue un privilegio formarme en Realización con profesores como el director Ramón Gómez Redondo o invitados como Josefina Molina, Pilar Miró y Fernando Méndez Leite.

Mi trabajo final fue Pensión Manolita, un cortometraje alejado del experimentalismo por el que optaron la mayoría de mis compañeros de promoción. Muy al contrario, escribí el guion en el estilo costumbrista y mordaz de Berlanga, con el que tuve la suerte de trabajar un año después como auxiliar de dirección en Patrimonio Nacional. La premisa era muy sencilla: una universitaria mete a escondidas a un ligue en su cuarto de la pensión, ¿les pillará la estricta doña Manolita? Por supuesto que sí, ella y todos los huéspedes, pero al menos el revuelo se montaba después de follar.

Mis primeras ficciones - Pensión Manolita

A Marisa Lineal, la protagonista, la conocí en la Escuela de Arte Dramático. Además de amigos y mi propio abuelo, conseguí la colaboración desinteresada de dos grandes actrices profesionales: Alicia Hermida y Lola Lemos. El rodaje de Pensión Manolita culminó con una jornada de treinta horas ininterrumpidas, como afiebrados tras una de las noches más intensas y hermosas de mi vida.

El IORTV se quedó con el cortometraje, solo guardo algunos fotogramas y un maravilloso recuerdo. Aunque fuera una historia tan pequeñita, la considero como la más importante de mi trayectoria: la confirmación de que quería dedicarme a este oficio.

Woody y yo

Nada más acabar los estudios, justo antes de incorporarme a la mili, no sé cómo tuve el morro de pedir dinero entre mis profesores para financiar un cortometraje en 35 mm, el formato profesional.

Pionero del crowdfunding, casi nadie se negó y pude realizar este relato sobre un tipo que, al ponerse unas gafas de pasta, escucha una voz dentro de sí, concretamente la de Woody Allen: una mirada irónica sobre tantos y tantos como yo, cautivados por su talento.

Entre otros, conté con la amistosa colaboración de Antonio Resines, Emma Suárez, Valentín Gascón y Virginia Mataix, así como la de Miguel Ángel Valdivielso, el doblador de Woody en España. El corto fue exhibido en salas de estreno, recibió el premio Especial Calidad del Ministerio de Cultura y el del Festival de Alcalá de Henares, y fue distribuido a las embajadas de medio mundo.

No entiendo cómo Woody y yo obtuvo tanto reconocimiento, lo cierto es que es que me salió una peliculita más bien floja, sin ritmo. Como es natural, devolví a mis profesores hasta la última peseta. No se lo podían creer.

Marabú

La mili cortó en seco mi frenética actividad, un año haciendo guardias en Capitanía General, pero no fue un tiempo perdido del todo. Cuando me tocaba vigilar de madrugada en uno de los balcones de las calles Mayor o Bailén, me llevaba una libretita y apuntaba las ideas que se me ocurrían. Así escribí Marabú, mi primer guion para televisión.

Se emitió en TVE, dentro de una serie de obras independientes llamada Ficciones. Estaba interpretada por Pedro Mari Sánchez, Virginia Mataix, Laura Cepeda y Félix Rotaeta. Era una comedia de veinteañeros como yo, sobre sus deseos sexuales, y con un toque fantástico.

He tratado de conseguir una copia de Marabú del archivo de Televisión Española, pero rechazaron mi petición, quizá no la conservan. Mejor así, seguro que hoy me parecería horrible. Al menos, al día siguiente de emitirse —en horario de máxima audiencia, cuando no había teles privadas, ¡cuántos millones de espectadores la verían!—, el sargento que antes me amargaba empezó a hacerme la vida más llevadera.

Colegio Mayor

Tras unos años donde me dediqué con entusiasmo a escribir y dirigir vídeos educativos y documentales, retomé con Colegio Mayor el hilo de la ficción y ya no lo solté.

En una primera etapa de la serie, yo estaba del otro lado, cuando tuve la fortuna de aprender desde dentro cómo funciona una televisión. Como directivo de Telemadrid, fui el responsable de poner en marcha una idea original del productor de cine José Luis Olaizola. Y nos salió una serie muy en la línea de la Telemadrid moderna e independiente de aquella época: una comedia joven, fresca, irreverente, sobre la vida universitaria, la amistad, las relaciones afectivas, la incertidumbre del futuro…

La segunda temporada de Colegio Mayor saltó de las cadenas autonómicas a Televisión Española. Ya fuera de Telemadrid, estuve al frente de un joven equipo de guionistas para la escritura de los 26 episodios.

Sin haberlo aprendido en ningún lado, por puro sentido común y con el único propósito de mejorar las historias, empecé a poner en práctica algunas de las funciones de la figura del showrunner estadounidense. Quise tener la sala de guionistas en el mismo plató para trabajar codo con codo con el director y resolver sobre la marcha cualquier duda, incluso reescribiendo en el momento escenas que no estuvieran funcionando. Sin embargo, los productores se negaron de mala manera y me prohibieron el acceso al plató.

Fue una enorme frustración… y un gran aprendizaje. Unos meses después, hice a conciencia lo que entonces no pude y tuve toda la libertad para crear y desarrollar Médico de familia, la serie que cambió mi vida.