Tú me enseñaste a bordear la ilegalidad para evitar un mal mayor. No se aprende a ser policía en los libros. Gracias, Ferrer.
— LUCÍA
Hay cosas que es mejor no tener que aprenderlas nunca, como convertirte en una basura.
— FERRER
Antes de pensar siquiera en los personajes y de qué trataría la serie, nos pasamos casi tres meses con los policías de las comisarías de Usera, Tetuán y Centro para conocer de cerca cómo trabajaban en el día a día.
Así supe del Japonés, el poli más temido entre los delincuentes del distrito Centro, nuestra inspiración para crear al Ruso, un hijoputa con buen corazón en el fondo, muy en el fondo, personaje interpretado por Pedro Casablanc.
La joven B., gallega de origen, con el encanto especial de la chica tímida que ha tenido que aprender a ser dura, fue nuestra novata Vera, interpretada por Toni Acosta.
Pero con quien hice mejores migas fue con J.P., inspector jefe con el que salía por las noches a patrullar de incógnito, con paradas en bares donde trasegaba sus buenos lingotazos: un tipo duro, muy inteligente, con años de experiencia en Estupefacientes, superviviente de un escopetazo a quemarropa, divorciado como tantos otros colegas, de vuelta de todo, pero un gran profesional admirado por sus subordinados. Ese fue nuestro Ferrer, el personaje interpretado por José María Pou.
En esas labores de documentación y creación andábamos cuando Mikel Lejarza, director general de Telecinco, se enteró de que preparábamos un drama policial, y mandó parar Las calles de San Francisco, una serie cómica de polis de la que ya llevaban grabados cinco episodios. Lejarza —por otra parte, un buen amigo— ordenó que la reconvirtieran a drama para hacernos la competencia. Así surgió El comisario; y cuando se estrenó, su productor, César Benítez, la presentó como una serie de aquí, no una americanada con “persecuciones en helicóptero”. La frase de Benítez me picó: ¿Y por qué no?, me dije, si la policía española también se sirve de helicópteros.
Otra cosa es que sepas hacerlo y tengas un presupuesto holgado para la grabación. Nosotros no disponíamos de mucho dinero, pero nos sobraba atrevimiento. No solo pretendíamos estrenarnos con una persecución por la Castellana y la Gran Vía, sino que además el helicóptero se estrellara contra una azotea.
Sin duda alguna, con los refinados efectos especiales de hoy en día, nos habría resultado más fácil, fue una imprudente chulería mía, lo reconozco, pero así empezamos Policías en el corazón de la calle.
La franquicia es clásica —policías de una comisaría de barrio enfrentados a todo tipo de delitos, dramas humanos y sociales, relaciones personales y sentimentales—, pero la manera de narrar fue muy avanzada. Policías en el corazón de la calle culminó una evolución frenética. En apenas cinco años, pasamos de una serie como Médico de familia, de factura narrativa y visual muy sencilla, a la complejidad, el realismo duro y la radical innovación formal de Policías. Me consta que en otras productoras analizaban cada episodio al día siguiente de emitirse. Su influencia fue decisiva, un salto adelante en el modo de escribir y producir ficción en España.
Tantos años después, me sigue emocionando la secuencia con la que cerrábamos la primera temporada, donde rematamos la historia que habíamos detonado en el estreno, la de los Gutis, los hermanos que asesinaron al piloto del helicóptero policial.
Lamentablemente, la actriz Ana Fernández nos comunicó que ese sería su último episodio porque deseaba retomar su carrera cinematográfica. ¿Cómo creéis que resolvimos su salida? Lo que le sucedió fue contemplado por 5.747.000 espectadores, un 39% de cuota de pantalla.
Policías fue un banco de experimentación, pero teniendo siempre presente que lo fundamental era la escritura, contar historias que atraparan, intrigaran y emocionaran al público.
Arrumbamos los esquemas manidos. No había una plantilla fija, cada episodio tenía su propia construcción, una estructura libre y flexible de tramas que se imbricaban de un modo orgánico, historias con ecos emocionales que se mezclaban e influían entre sí. Había capítulos de 4 tramas, otros de 7, incluso de 10 ó más. En el otro extremo, dedicábamos episodios prácticamente a una sola historia, como la de un padre, militar de honor, que busca justicia para su hijo condenado por asesinato amenazando con explosionar una bomba adosada a su cuerpo.
Nuestros policías, inspirados en los reales, lo mismo lidiaban con tremendos casos criminales que con conflictos de proximidad, pequeñas historias muy humanas, como la de la quiosquera estafada por un falso novio. En ese capítulo tuve el privilegio de dirigir a una maravillosa actriz entonces desconocida.
Desarrollamos con verismo, en un tono duro en ocasiones, toda suerte de sucesos, muchos recogidos de la realidad y con un trasfondo social. Tratamos de desentrañar los conflictos humanos que hay detrás de cada caso; a veces, con finales abiertos, no siempre positivos, como el difícil regreso del violador rehabilitado al barrio donde cometió su delito.
En esa estructura libre, como de jazz improvisado, mezclábamos historias complejas, narradas incluso en varios episodios, con otras muy cortas, incluso de una sola secuencia, como la del buen ladrón, un carterista y trilero que llega a trabar amistad con el policía que le detiene una y otra vez en la Gran Vía de Madrid.
Y cada temporada contaba con un gran argumento que atravesaba todos los episodios. En la segunda tanda fue un quién ha sido, quién era el psicópata que estrangulaba a sus víctimas con un sujetador, un caso que obsesionó a nuestros polis.
Mantuvimos el secreto entre el equipo hasta que llegó el momento de grabar el último capítulo. Los actores pasaron unos meses de nervios porque intuían que era alguien fijo del reparto: al que le tocara la china, se quedaba sin trabajo.
Si vas a ver la serie (en la actualidad, la reponen en Amazon Prime Video y en Atresplayer), no se te ocurra pinchar el siguiente vídeo: ¡atención con el destripe!
Resuelven problemas, luchan contra los malos, se juegan la vida… y se quieren. El trabajo policial ocupa sus vidas y al revés: la vida se mete en su trabajo. La camaradería, la amistad, amores y desamores.
Las historias, materia prima esencial, las presentábamos con una manufactura vibrante e innovadora, y el aporte de ingredientes especiales que resaltaban la original personalidad de Policías.
El decorado de la comisaría fue revolucionario, diseñado por Fernando González con un patio central, dos plantas y múltiples dependencias interconectadas para mover la cámara con libertad. Incluso se intervino la entrada y la fachada del plató para recrear el exterior del edificio policial: ¡cuántas veces entró gente de la calle para poner una denuncia creyendo que era una comisaría real!
Pero la esencia de la serie residía sobre todo en el corazón de la calle, una cantidad ingente de exteriores como ninguna otra producción española.
Cada episodio se abría con una secuencia metafórica que aludía a la trama principal y contenía el título del capítulo.
El título era siempre un verso que, en algún momento del episodio recitaba Toño, el inspector de guardia, uno de los cargos más estresantes en una comisaría. Declamar a Benedetti, Miguel Hernández, Allen Ginsberg, Baudelaire… era su manera de liberar la tensión.
La música de Daniel Sánchez de la Hera fue muy protagonista. La sintonía de la cabecera tenía resonancias de Massive Attack, Tricky o Prodigy, con un ritmo complejo y ruidos urbanos.
Daniel componía para cada episodio una música incidental sincronizada, al servicio de la narración, dotándola de intensidad, tensión y oscuridad, como en el final de la tercera temporada (¡alerta, spoiler!).
Música que también removía emociones y sentimientos, como en el adiós de uno de los protagonistas, que aún hoy me hace saltar las lágrimas.
Además, en cada episodio había una actuación en La Cueva, el bar donde acudían los policías al acabar su jornada. Por aquel local pasaron Jorge Drexler, Amaral, Fangoria, Tam Tam Go…
Policías no era solo una serie de policías, sino también de sanitarios de emergencias. En la comisaría había una base para la atención médica urgente en las calles de la ciudad, una confluencia de servicios que no se da en la realidad. A Juan Cotino, director general de la Policía, le pareció una idea extraordinaria y, crecido mientras dábamos cuenta de una sabrosa paella, me aseguró que la implementaría en las comisarías de todo el país. Que yo sepa, el que luego acabó involucrado en escándalos de corrupción en la comunidad valenciana, no llevó a cabo un plan que a nosotros nos funcionó de maravilla. Las emergencias médicas nos abrían el espectro narrativo, a menudo con tramas de carácter humano donde colaboraban los azules y los naranjas.
Tiroteos, incendios, explosiones, persecuciones, accidentes… Actores entrenados por la policía, los especialistas de Ángel Planas, un equipo fijo de efectos especiales. La acción como parte consustancial de la serie.
Supongo que para muchos pasó desapercibida la conexión entre la primera escena de la serie y la última, 83 episodios después. Justo antes de la persecución con la que comenzaba el episodio 1 de Policías, Carlos bromeaba con Lucía, el gran amor que no pudo ser, sobre su decisión de dejar de fumar. En el episodio final, tras un violento enfrentamiento con un expolicía asesino, Carlos tira por la ventanilla el último cigarrillo mientras atraviesa las calles de la ciudad con Marina, el amor de incertidumbres que al cabo se hace certeza.
Y al final, a modo de despedida, añadimos un vídeo de agradecimiento a todos los que participaron en la producción y, sobre todo, a los millones de espectadores que nos siguieron. De puro ambiciosa, Policías era imperfecta, desmesurada por momentos, lo sé, con personajes a los que llevamos al límite y más allá, pero es mi favorita, mi serie más querida.

El episodio 1 se titulaba La estela que en ti dejó el futuro, un verso de Mario Benedetti. Me emociono al releer las primeras líneas que tecleé hace tantos años.