¿Qué coño tienes en la cabeza, capitán?
— SAÚL TORRES
El 9 de agosto de 1995 la policía detuvo al comando de ETA que hasta en cuatro ocasiones tuvo a tiro al rey Juan Carlos, un regicidio que habría cambiado la historia de España. En ese momento, yo andaba liado con Médico de familia, a punto de estrenarse, pero ya propuse realizar una película sobre el caso, en la línea de las tv movies estadounidenses que se ruedan casi de inmediato tras un suceso impactante. Afortunadamente mi propuesta fue rechazada: me habría sobrepasado, me faltaba la experiencia en el género policíaco que luego adquirí con Policías en el corazón de la calle, Cuenta Atrás y Punta Escarlata; aún no estaba preparado para escribir y producir una historia real con todas las características de un ambicioso thriller.
La historia principal de Una bala para el rey es verídica, se ajusta con rigor documental a los hechos conocidos, verificados a través de diversas fuentes. Tengo que agradecer en especial la colaboración de Jesús Duva, periodista del diario El País. También me entrevisté con un alto mando de la Policía, cerebro de la lucha antiterrorista, todo un personaje.
En julio de 1995, la policía francesa avisó a la española de que un velero pilotado por un miembro de ETA había partido de Antibes sin destino conocido. Tras días de búsqueda infructuosa, se logró localizar el barco La Belle Poule en el puerto de Alcudia (Mallorca), aunque en ese momento aún no se sabía qué es lo que pretendían los terroristas.
La película narra los hechos desde una doble perspectiva, el punto de vista de los etarras que intentaron acabar con la vida del rey y el de los policías que lograron evitarlo.
Para evitar posibles problemas legales, a los terroristas les cambiamos los nombres. Como es natural, tuvimos que ficcionar algunas escenas, pero en lo esencial reflejamos con autenticidad tanto sus acciones como sus motivaciones personales. Para el jefe del comando de ETA, Juan José Rego (Soto en la película), asesinar a Juan Carlos era una obsesión que venía de lejos, cuando ya en 1974 intentó secuestrar al entonces príncipe, una obsesión en la que involucró a su propio hijo.
Aunque fuimos muy escrupulosos en el relato del proceso de investigación, con los policías sí nos permitimos muchas libertades. Todos son personajes inventados. Fueron muchos más los que intervinieron en la operación; por razones narrativas, los concentramos en un grupo reducido con personalidades ficticias, con el jefe Torres a la cabeza, empeñado en un juego como de gato y ratón en atrapar a su antagonista.
La historia real poseía los mejores materiales para construir un thriller trepidante: la urgencia por averiguar qué tramaban los terroristas y el peligro.
Pero a la hora de plasmar los hechos en el guion nos faltaba un ingrediente esencial: la incertidumbre de la resolución. Como es obvio, no podíamos jugar a la estrategia del quién ha sido ni al desenlace con un clímax brutal donde se revele si los terroristas consiguieron o no matar al monarca.
Por eso sustentamos la historia en los porqués, en el suspense del cómo fue posible que el rey estuviera en un tris de ser asesinado. Es falso que Juan Carlos no hubiera estado en peligro como sostuvieron las autoridades. La policía tardó mucho en averiguar que se planeaba un atentado contra el rey. Desde un edificio próximo al muelle de Porto Pi, en las jornadas en que Juan Carlos se embarcaba en el yate Fortuna, hasta en cuatro ocasiones el tirador de ETA lo tuvo en su mirilla, acariciando el gatillo. ¿Por qué no lo apretó?
De eso va la película: de la increíble cadena de malentendidos y azares de los que pendió la vida del rey, y de cómo, después de varias semanas en las que los terroristas camparon a sus anchas, la policía evitó muy en el último momento que tuvieran a tiro al rey por quinta vez, la definitiva.
Y como era muy tentador, nos servimos de una argucia narrativa para mostrar la escena impactante del disparo, el regicidio que nunca sucedió.