Tenía razón mi madre, no nos parecemos en nada. Estaba deseando conocerte. Soy tu hija.
— VICKY
No recuerdo quién soltó la broma, así me lo tomé yo: “¿Por qué no haces una serie en la que El Fary curra de taxista y un día se le presenta una sueca rubia que dice ser su hija?”. La idea —más bien, la disparatada ocurrencia— llegó a oídos de los directivos de Antena 3 con la promesa de que al frente estaría quien creó Médico de familia, el bombazo que ellos dejaron escapar. Sí, has leído bien; Antena 3 tuvo la primera opción de Médico, pero rehusaron, y nos devolvieron la biblia y el guion 1 con una nota interna olvidada entre sus páginas: “Esos personajes parecen sacados de un frenopático. La serie de Emilio Aragón está destinada al fracaso”. Con estos antecedentes, la decisión de la cadena fue muy rápida: p’alante.
Cuando dejé Médico para poner en marcha la nueva serie, abrigaba la esperanza de que, antes de empezar la producción, El Fary desistiría de meterse a actor, pero con el contrato millonario que Antena 3 le ofreció ni se le pasó por la cabeza. Reconozco mis prejuicios: a mí el tipo no me caía bien, y sobre todo estaba seguro de que no daría el suficiente nivel interpretativo. Para convencer a la cadena de sustituirlo por un actor de verdad como Alfredo Landa o José Sacristán, propuse efectuar una prueba. A José Luis Cantero, El Fary, le dije que se trataba de un ensayo previo a la grabación; no me atreví a revelarle mi verdadero objetivo.
Antena 3 nos cedió el plató donde aún se levantaba el decorado de Farmacia de guardia. Luisa Martín, la Juani de Médico de familia, se prestó a dar la réplica a la estrella de la copla. Nada más empezar, respiré aliviado: era imposible que ese hombre encarnara el papel. El Fary no se había tomado la molestia de memorizar la secuencia y, cuando empezó a leerla en voz alta, se trastabillaba sin fluidez alguna; era incapaz de dar la más mínima intención a los diálogos; incluso parecía tener dificultades para comprender lo que estaba escrito.
Ahora bien, en cuanto le explicamos entre Luisa Martín y yo de qué iba la situación, se transformó, hizo suyo el personaje, le dio gracia y autenticidad. Unas semanas más tarde, estábamos grabando el momento en que el Fary de la ficción —buen padre de familia, amigo de todos en el barrio, taxista y aficionado al cante— conoce a Vicky, la hija de una sueca con la que de soltero tuvo un lío en Benidorm…
Si bien es cierto que El Fary generaba rechazo en parte de nuestro público potencial, la serie funcionó muy bien de audiencia —más de un 30% de cuota de pantalla en su primera temporada—; en buena medida gracias al contrapeso de los personajes más jóvenes y sus conflictos generacionales. Menudo es mi padre fue una cantera de actrices y actores emergentes: Dani Guzmán, María Adánez, Víctor Clavijo, Pilar López de Ayala, Alicia Bogo, Eva Santolaria, Paz Vega…
Sin embargo, ese éxito provocó que El Fary se subiera a la parra en la renovación de su contrato con Antena 3, que se negó a sus pretensiones. Faltaba muy poco para grabar el último episodio de la temporada y no sabíamos si también sería el final de la serie. A los ejecutivos de la cadena les propuse dejar herido de muerte al personaje en ese capítulo. Si llegaban a un acuerdo, lo salvábamos y, si la negociación fracasaba, lo matábamos, pero no para clausurar la serie, sino para seguir sin él.
Nos entusiasmamos con la posibilidad y planeamos la siguiente temporada sin su protagonista. Estaba convencido de que nos iba a ir muy bien. Me quedé con las ganas de llevar a cabo el experimento. El Fary se salió con la suya y grabó hasta un total de sesenta episodios, aunque al final su oneroso caché mató la serie: pese a los buenos datos de audiencia, Antena 3 la canceló porque no le salía rentable económicamente.
Aunque no podíamos ser más diferentes, lo cierto es que me divertí mucho con El Fary. En el plató nunca te aburrías con él; disfrutón y dicharachero, te partías de risa cuando contaba sus correrías como camarero y taxista, y era un espectáculo cuando en algún descanso entre toma y toma se arrancaba a cantar.
La última vez que lo vi fue una noche en la Gran Vía. Iba al volante de un resplandeciente Mercedes blanco. Fue El Fary quien me reconoció y me saludó como a veces me llamaba: ¡¡¡Loloooooo!!! Yo no sabía que ya sufría un cáncer de pulmón que se lo llevó un tiempo después.