Me tiraron ahí, loco. Es jodido. De una habitación en Fiorito en la que dormíamos diez a lo que me pasó después.
— MARADONA
El 1 de octubre de 1999, tras hacer esperar a los medios de comunicación más de una hora, Diego Armando Maradona hacía público en el hotel Ritz de Madrid el acuerdo al que había llegado con la productora Globomedia para realizar una ficción sobre su vida. Maradona se embolsó 500 millones de las antiguas pesetas por la cesión de sus derechos, aparte de los gastos que asumió la productora por los destrozos que había ocasionado en la suite del hotel.
Yo no salgo en la foto de la firma del contrato con Maradona; por entonces, andaba enfrascado en la serie Policías, y ni por asomo sospechaba que algún día me vería abocado a encabezar la escritura de la miniserie de 3 episodios de 90 minutos Maradona, la mano de dios.
La pasta gansa que se llevó Maradona fue una losa demasiado pesada, no había manera de encontrar co-productores para financiar la miniserie, por lo que finalmente tuve que condensar los tres capítulos en un largometraje que dirigió Marco Risi gracias a la decisiva aportación de la RAI, la televisión pública italiana.
La película, nada complaciente con Maradona, fue un gran éxito en Italia y asombrosamente, por razones que se me escapan, permanece inédita en España.
La colaboración de Maradona dejó mucho que desear debido a su estado. Se encontraba tan mal que estuvo a punto de morir tres meses después de firmar el contrato, cuando celebraba la llegada del año 2000 con una sobredosis de cocaína, el suceso con el que decidí comenzar la película. Y en ese trance, justo antes de caer inconsciente, imaginé lo que podía pasar por su cabeza: un recuerdo de la infancia, la felicidad de patear una pelota con sus amigos en un potrero de Fiorito.
Más que la escritura, lo que me llevó un tiempo desmedido fue la inmersión en la vida de Maradona, meses y meses con el afán obsesivo de averiguar con el mayor rigor posible cómo era el tipo de verdad bajo la cáscara del mito. Las entrevistas con Diego sirvieron de muy poco: horas de grabaciones en la madrugada con la mente emborronada por el whisky y la cocaína, largos silencios, balbuceos, divagaciones sin mucho sentido.
Me fueron mucho más útiles los testimonios de la gente que pululaba a su alrededor; en particular, de su representante Guillermo Coppola. Me reuní con él en el lobby del lujoso hotel Alvear. Un tipo atractivo, brillante, embaucador. Sacudía sin parar el pie contra el suelo de mármol; muy locuaz y gesticulante, me cogía del brazo o me ponía una mano sobre la rodilla para enfatizar sus explicaciones.
Coppola mintió públicamente en numerosas ocasiones para salvar la cara de Maradona, pero en este encuentro me pareció muy sincero en lo esencial. Fue su mejor amigo, estuvo “casado” con Diego, y ejerció sobre él una influencia absoluta, hasta en la ropa que debía ponerse o en la elección de las mujeres con las que ambos se divirtieron en las noches secretas de Nápoles. Coppola no fue el diablo que inició a Maradona en la cocaína, ya era un adicto cuando se conocieron, pero me reconoció que no pudo o no supo ayudarlo a superar la dependencia; al contrario, sugirió que fue Diego quien lo arrastró a él.
Reconozco que cuanto más sabía de la vida de Maradona, peor me caía: instintivo, rebelde, divertido, pero también malhumorado, caprichoso, endiosado. Desprendido y codicioso a la vez, detestaba tanto a los ricos y poderosos como los imitaba con ostentaciones de mal gusto.
En la cocción lenta de la investigación, solo se abría un paréntesis de plena admiración y disfrute cuando visionaba alguna de sus maravillosas jugadas, muchas de las cuales las incorporamos a la película de un modo orgánico. Igual que un niño esmerándose en una caligrafía perfecta, cuando el 10 sacaba la lengua no había quien lo parara.
Pero empecé a entenderlo mejor cuando una mañana fría recorrí Fiorito, la villa miseria donde creció, y entré en su casucha sin agua corriente, y en el cuartito donde dormía con dos hermanos y cinco hermanas y supe que fuera había una letrina honda donde el Pelusa estuvo a punto de morir ahogado en la mierda al tratar de rescatar su pelota de cuero.
El día que Maradona y su familia abandonan Villa Fiorito para iniciar una nueva vida es una de las escenas más significativas de la película.
En una de sus escasa aportaciones a propósito de la película, Maradona manifestó: "Cuando yo tenía 15 años y me metieron en el quilombo, no entendía nada. Antes yo sólo corría detrás de la pelota y de golpe había un montón de gente que me palmeaba la espalda y me decía te quiero y sos el más grande del mundo. Todas estas cosas me pasaron a mí. No me las contaron. Me tiraron ahí, loco. Es jodido. Es jodido. De una habitación en Fiorito en la que dormíamos diez a lo que me pasó después".
De un modo natural, di con el punto de vista de la historia, la idea que ilumina y da sentido a la mera recopilación cronológica de peripecias más o menos conocidas. Maradona dejó atrás la miseria para seducir al mundo con la maravilla de su fútbol. Alcanzó la gloria, pero naufragó en su vida agitada, en la larga adicción a la droga y, ya en la retirada, en la depresión de sobrevivir día a día cuando se ha sido un dios.
El fútbol es el paisaje de fondo en la recreación dramática de la vida de un héroe fabuloso y desmesurado, de perfiles contradictorios, en claroscuro. Es el relato de una gran ambición, la de ser el mejor, y de su caída: del éxito planetario a la devastación con la conciencia de que lo mejor ha pasado y no volverá a suceder. Es la historia de un personaje poderoso y soberbio, pero vulnerable y que, como aquel mítico Ciudadano Kane, añora su Rosebud: la felicidad perdida de la niñez, el placer puro de jugar.
Cuando acabó el rodaje de la película Maradona, la mano de dios, viajé a Buenos Aires con el director italiano Marco Risi y el productor Mikel Lejarza para mostrarle el resultado a Diego, los tres inquietos por su reacción, aunque yo tenía la confianza de que la esencia del guion sobre su complicada vida era pura verdad. Lo esperamos un buen rato en la sala de proyección. Como nos temíamos, no apareció, igual que en otras ocasiones. Estaba pasando una mala época, una más. En su lugar, se presentó Claudia Villafañe, la mujer de su vida, enamorados desde la adolescencia. Se sentó a mi lado. Durante la proyección, me puse nervioso: exhalaba unos largos suspiros que no sabía cómo interpretar. Cuando se encendieron las luces, exclamó:
—¡Uf, ¡qué duro!
Claudia no puso ni un pero. Respiré con alivio.

Te recomiendo echar un vistazo a la última versión del guion, ya con los diálogos “argentinizados”, y con una buena cantidad de fotos reales que permiten hacerse una idea cabal de los personajes. Incluye además las escenas amorosas de Maradona con la italiana Cristiana Sinagra, con la que tuvo un hijo, y que luego el director no quiso rodar.